viernes, 30 de octubre de 2015

Calla y corre



Calla y Corre

Calla y corre, que las sombras nos persiguen,
se amontonan… ¡se hacen una!, solas nos hallaron.
Y caminas serena, sin temor al crimen, campante
y despampanante, aunque ellas ya te hayan callado.

Calla y corre sin razón alguna, que estas
sombras son reflejos nuestros del fondo de
la lóbrega laguna brumosa,
del igual brumoso corazón maniatado
y la obligación de caer más hondo
a causa de los males, las semillas del
pasado, cuales penas y sombras que al
hombre han causado, carcomiendo su
espinazo al encomiendo de un varazo.

Calla y corre por tu vida, por las sombras
tuyas y las mías, porque no nos atrapen
mientras nos nombran: al Catrín y a la Catrina,
por la pura irreverencia de crear caos vil y
sin conciencia. Grita y para; calla y corre.

domingo, 25 de octubre de 2015

Días de otoño



Días de Otoño

La gente, se desacostumbra al otoño,
detesta el frío de penumbra, y la
dulce niebla desacomodada del bajío.
La gente no aprecia las aves en
bandada ni el arte de ti.
Dulce otoño carmesí.

Los viejos yacen y reposan, mientras mis
manos se entumen, tus rojas hojas me acosan
con tu viento, que sacude al diablo más piojoso,
de negra cara enmascarada y un bastón costoso.

El aire seco y el cielo gris te aclaman a ti,
dulce otoño carmesí, piden tus labios rojos,
tus cabellos en bandada y tus fríos ojos.
El diablo enmascarado clama la niebla penumbrosa,
llora porque jamás acaben estos días de otoño.
Este diablo llora por ti, dulce Otoño Carmesí.

martes, 4 de agosto de 2015

Rapsodia — IV: Azul



—IV: Azul—

Las noches de la canícula
las paso de forma caótica;
el calor me revuelve la barriga,
la náusea me llena en sudor,
y el sudor me consigue fatiga.

Y todo el sosiego y sopor en que
este pequeño hombre de barro
se ha convertido desea irse a la cama,
para disolverse entre el catre y la sábana
como lo hace el café soluble en agua hirviendo;
sublimarme y quedar hecho uno
con la bulliciosa y abrasadora polución,
viajar más allá de la sierra, volverme
también bullicioso e ir en tremolina,
descender como tufo soporífero
y volver a la cima vertiginosamente,
audaz y ágil, seguro e imparable.

Rebullir hacia el mar aún veloz
y concentrándome cada vez más, presurizando
de nuevo mis adentros en mayor proporción;
atravesar el océano, caliente y en soledad,
y vagar en curvas buscando, de nuevo,
el balance para regresar a mi tierra como tufo.
En medio del océano, encontrarme con
otra corriente, fría y también en tremolina,
justo al frente mío, dirigiéndonos directamente
uno para con el otro hasta colisionar,
en vorágine, avanzando al acecho,
tragándonos y escupiéndonos con rudeza,
y en cada ciclo más y más cerca conforme
avanzamos, de regreso, a la canícula,
ya no como la peste lerda
que se desvaneció al filo de la madrugada…

Ahora vuelvo como un tormento
peor que la náusea, el calor y sopor
de aquel cuarto hermético y en soledad.
Llego como un exterminio para la bastarda
que me volvió en un solo y unísono quejido:
el último lamento, afónico, cansado y sucio
pero forjado en la mezquina fragua del rencor,
hecha por el pequeño hombre de barro,
que lo último que vio fue su pobre grito
hacerse un tísico estertor punzocortante,
rompiendo y dejando hechas esquirlas
las ventanas para saciar ese rencor
con la vorágine que le causaría encontrarse
con alguien más, igual a él, liberando sus demonios.